Coronavirus: la dura carrera por la vacuna | Más competencia que cooperación

Autoridades de EE.UU., China y las potencias europeas ya comunican sus proyectos para combatir la pandemia. Mario Lozano, exrector de la Universidad de Quilmes, explica en qué punto está la ciencia argentina.

En el estado de emergencia actual, la OMS comunicó que existe más de una veintena de proyectos científicos alrededor del mundo que planean el diseño de una vacuna para combatir el coronavirus. El avance de la ciencia abre un escenario de posibilidades impensadas décadas atrás. De hecho, el genoma del virus fue decodificado al poco tiempo de iniciarse la epidemia en Wuhan, ciudad epicentro a fines de 2019 que hoy parece recuperar la calma. Además de los chinos, equipos científicos de EE.UU., Alemania, Francia, Singapur e Israel concentran sus esfuerzos en fabricar una respuesta capaz de poner un freno a la circulación del patógeno. A la fecha, no existen medicamentos disponibles y las personas infectadas tan solo reciben cuidados paliativos.

“La producción de una vacuna lleva tiempo. No hay que obsesionarse con soluciones mágicas e inmediatas porque hay mucho chapucero dando vueltas; tipos a los que les gusta hablar de más y venden realidades que no son. No es nada sencillo encontrar una formulación correcta que tenga respuesta inmune”, advierte Mario Lozano, exrector de la UNQ e investigador del Conicet. Y, continúa con una descripción: “Hay algunas en las que se utilizan organismos completos; me refiero a virus atenuados o modificados genéticamente. Sin embargo, no es el caso de los ensayos para coronavirus porque no se tiene el conocimiento suficiente como para introducir partículas virales no infectivas en los cuerpos humanos. En cambio, se están probando componentes virales: vacunas que imitan una parte de la estructura del covid-19. Todo está por verse”.

Desde comienzos de marzo, las súper potencias han iniciado una carrera por la vacuna. Un proceso que en una situación normal demandaría años –en algunos casos, décadas– se acelera de manera notable. Los jefes de Estado encomiendan a sus divisiones científico-tecnológicas la búsqueda de soluciones definitivas para la pandemia. En este marco, son varias las naciones que se suben a la pista y compiten por colocar su bandera en el paisaje de la salud y la epidemiología internacional.

La pata local

La OMS lidera un estudio denominado Solidarity (solidaridad) del que participan Bahrein, Canadá, Francia, Irán, Noruega, Sudáfrica, España, Suiza, Tailandia y Argentina. Se trata de un proyecto colectivo que se propone indagar si algunos de los fármacos ya disponibles pueden servir para tratar la covid-19 y para obtener evidencia sobre la eficacia de cuatro esquemas de tratamiento. Argentina, según aclararon fuentes del organismo internacional, fue invitada “por la capacidad en ensayos clínicos y por la presencia de la ANMAT como agencia reguladora». A nivel local, se conformó la Unidad Coronavirus COVID-19, que está integrada por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, por el Conicet y por la Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Productivo y la Innovación. La Agencia acaba de anunciar que destinará más de 300 millones de pesos para proyectos de investigación, desarrollo e innovación orientados a mejorar la capacidad nacional de respuesta a la pandemia.

Trump vs China

A mediados de marzo, la Academia Militar de Ciencias Médicas de China y la empresa privada CanSino Biologics difundieron el comienzo de los ensayos clínicos de una vacuna recombinante para el virus. Hoy en día se hallan en el proceso de selección de voluntarios para las pruebas. La consigna: “Los postulantes deben tener entre 18 y 60 años y estar sanos”. La fórmula incluye antígenos sin patógenos y ello contribuiría a una mayor seguridad y a reducir al máximo su potencial toxicidad, elemento esencial a tener en cuenta en el diseño de cualquier instrumento preventivo. Las pruebas se realizarán en un grupo de 100 personas y se extenderían hasta el 31 de diciembre. Recién a fin de año, si todo sale bien, podrá producirse a nivel industrial y ser comercializada.

Si algo le preocupa a Donald Trump es que EE.UU. no pierda ningún negocio. En este sentido, ha mantenido reuniones con los popes de las farmacéuticas de mayor renombre para asegurarse el escalón más alto en el podio. Como resultado, el proyecto principal será financiado por el Instituto Nacional de la Salud en colaboración con la firma local Biotecnología Moderna. En vez de inyectar, como es tradicional, una versión atenuada del virus, utilizará la tecnología de ARN mensajero. Los ensayos, según prevén, culminarían en un mes y medio y, aunque el actual mandatario procura tener la solución lista para el período previo de las elecciones (noviembre), sus colaboradores de salud le solicitan paciencia.

El toque francés

Mientras que las vacunas son medicamentos preventivos (se aplican en quienes no están infectados para su protección), los tratamientos sirven para revertir la situación de quienes ya están enfermos. Esta sutil diferencia es útil para para comentar el caso francés. “En Francia, un científico (Didier Raoult) propuso un tratamiento a través de una droga que usualmente se emplea para la malaria (cloroquina). Es probable que se prueben fármacos que funcionan para otros virus; la ventaja que tiene aprovechar algo que ya está en el mercado es que puede omitir la fase de ensayos clínicos y aceleraría los tiempos. Hace unos días anunció la obtención de resultados positivos y llega a conclusiones preliminares interesantes”, dice Lozano. Luego sigue con el argumento de sus reservas: “No obstante, aquí también vale la pena mantener la calma: no cumple con algunos requisitos de bioseguridad y fue comprobado en muy pocos casos. Tan solo funcionó en una veintena cuando en rigor necesitamos de miles”. Raoult es un médico especialista en infecciones y microbiología, al frente del Instituto hospital-universitario Mediterráneo de Infección de Marsella (IHU). Tiene gran presencia mediática y postula la existencia de un antídoto económico y sencillo contra la covid-19. El Ministerio de Salud de Francia autorizó su uso en pacientes internados y en estos días se verán sus efectos a mayor escala.

Terceros en discordia

En Alemania, la empresa CureVac –que trabaja codo a codo con el Instituto biomédico Paul Ehrlich– ha transmitido vía conferencia internacional que a principios de verano (europeo) tendrá una vacuna experimental para ensayar en personas. En la transmisión, sus directivos han comentado que de ser exitosa estarían preparados para producir nada menos que 10 millones de dosis. Es una de las compañías mejor vistas en el Viejo Continente y recibirá un financiamiento de 80 millones de euros por parte de la Comisión Europea.

Esta semana, autoridades de Israel –país que se destaca por su inversión en CyT– y del Instituto Migal afirmaron que en dos o tres meses estarían preparados para iniciar las pruebas en humanos. La vacuna, de acuerdo a lo esperado, podría suministrarse por vía oral, su aplicación sería segura y no generaría daños colaterales de ningún tipo. Incluso, adelantaron que, de concretarse, aplicarían bajos costos para democratizar las condiciones de acceso a toda la población del globo.

Los pasos necesarios

¿Cuáles son las fases con las que cualquier proyecto de vacuna debería cumplir? “Lo primero es demostrar que la vacuna genera inmunidad y que es capaz de inhibir al virus. Después sobrevienen los ensayos clínicos y responder a otros interrogantes centrales como, por ejemplo, qué porcentaje de la población en riesgo protegerá. Las pruebas llevan tiempo; se calcula un año y un poco más hasta que la vacuna pueda ser aprobada por los diferentes sistemas de salud. Quizás, teniendo en cuenta el contexto, esta vez pueda obtenerse más rápido. Tener la solución en seis meses sería un récord absoluto, una velocidad supersónica”, explica.

La imagen idílica –y mejor vendida– que se construye sobre la comunidad científica internacional conduciría a pensar que el conocimiento no tiene bandera y que, una vez alcanzados los objetivos, los frutos obtenidos podrían aplicarse sin restricciones en todo el mundo. Pero la cosa no funciona tan fácil: las farmacéuticas tienen sus intereses, las naciones los suyos y los científicos (como es natural, solo son seres humanos) los propios. “El conocimiento es poder. En el mundo en el que vivimos el desarrollo de un medicamento o una vacuna, además de acrecentar el poder político de la nación productora también redunda en poder económico y simbólico. Una vez que la tecnología se ha diseñado se juegan las patentes en el medio y se exhiben a las claras cuáles son los intereses de los diferentes actores en disputa”, concluye Lozano.

Pagina12

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