La nueva fase de la cuarentena | Alberto, los gobernadores, la sociedad

Un nuevo federalismo en acción. La lógica de la decisión en una semana difícil para el Gobierno. Fortalezas y debilidades previas de Argentina para enfrentar la crisis. Estado, políticas sociales, mundo del trabajo. Primacía de la salud, retos económicos y otros desafíos.

Con talante sereno el presidente Alberto Fernández divulgó datos esenciales sobre la pandemia. Se valió de muletillas extrañas para un discurso pronunciado ante un auditorio cercano, diminuto: “¿de acuerdo?” “¿O.K.?”. Una audiencia altísima lo veía y escuchaba, por propio designio, sin cadena oficial. Herbívoro en la presentación, los anuncios y la conferencia de prensa, AF dio clase, sabe hacerlo. Dio muestras de cierto cansancio: olvidos, omisiones, errores en algunas palabras técnicas. Anunció una medida necesaria, aconsejada por la comunidad de especialistas. Hasta ahora, la cuarentena da resultado: los contagios crecen de modo controlado, la famosa curva sigue achatada. Aunque lo peor está por venir, hasta hoy el escenario concuerda con la hipótesis más optimista trazada el 20 de marzo.

Ocurrió tras una semana plagada de fallas o inconsecuencias oficiales. Goles en contra, que enojarían tanto a Gorosito como a Caruso Lombardi. Sobreprecios en compras de Desarrollo Social, mal explicados de volea por el ministro Daniel Arroyo. Quizás se apuró para mitigar la crítica de los medios. Al día siguiente, deslindó responsabilidades, le pidió la renuncia al funcionario que tomó la medida, revocó las compras. Bueno es reparar los errores rápido, mucho mejor evitarlos. Sobre todo porque el Gobierno viene desplegando políticas sociales atinadas que escalaron desde la tarjeta Alimentar hasta ayuda alimentaria colosal en toda la Argentina. Acaso dicha suma algebraica describa bien al oficialismo. Grandes decisiones, enorme inversión social, criterioso manejo del confinamiento, táctica digna y profesional respecto de la deuda externa. Y carencias en la sintonía fina y en la comunicación oficial en la que, de momento, descuellan Fernández, la secretaria de Acceso a la Salud, Carla Vizzotti, y el ministro Ginés González García. Con cooperación fantástica del comité de expertos que saben mucho, predican con serenidad, achican el pánico sin esconder los riesgos. La paciencia para soportar reportajes absurdos e irrespetuosos de todólogos iletrados adiciona mérito para los especialistas.

Otro rasgo opinable de la comunicación oficial es la profusión de reportajes, en los que es muy posible meter la pata sobre todo porque el periodismo in the pendiente se empeña en hacer zancadillas. A veces ni hace falta. La ministra de Seguridad, Sabina Frederic, contradijo su línea de pensamiento cuando mencionó el control sobre el “malhumor social”. Se retractó en cuestión de horas. De nuevo: buen reflejo pero lo deseable es evitar descarrilamientos.

Un acierto esencial de Fernández poco comentado en los primeros análisis : la interacción cooperativa con las autoridades provinciales y municipales. No con los partidos políticos que son de palo en tamañas crisis. Con los ejecutores, con quienes fueron convalidados hace meses por el voto y lo precisarán para seguir en sus cargos. La administración de la cuarentena se cabildeó con intendentes y gobernadores. Se pactó con estos que propongan la flexibilización, en principio concebida más en clave territorial que de ramas de producción… aunque las dos facetas se combinan. Será viable el regreso paulatino a la vida común en ciudades o pueblos relativamente chicos. Tal vez en barrios o en regiones. Los líderes provinciales –en general conservadores populares con buen ojo para su terruño y poca perspectiva para la magnitud nacional– llevarán a la Casa Rosada iniciativas del terreno que mejor conocen y más les gusta.

Un esquema democrático, dialoguista, que encaja justo con el estilo del Presidente, quien por supuesto tiene la decisión final porque es el primer mandatario, el único designado por la totalidad del padrón nacional.

Ensayo y error, la clave de la etapa en todo el mundo. Años atrás, en un reportaje concedido a este diario, el economista radical Adolfo Canitrot expresó refiriéndose a la entrada de Argentina en la globalización: “salimos a ultramar en carabela”. La imagen es parienta de otras: ir a la guerra nuclear con escarbadientes, pongalé.

La capacidad de acción del Gobierno está condicionada con datos estructurales de nuestro país: fortalezas y debilidades preexistentes. Hagamos un somero repaso.

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Estado, Estados: El sistema federal es minoritario en el mundo. De los 193 miembros de la Organización de Naciones Unidas (ONU) poco más del diez por ciento lo adoptan. La proporción es mayor en América: Estados Unidos, Brasil, Argentina grandes ejemplos.

Complejo de articular, plagado de escollos y atavismos… uno piensa que el federalismo es benéfico para enfrentar la pandemia. Habilita cierto grado de descentralización en manos de ejecutores avezados. Fiscales a la violeta de la democracia despotrican en abstracto contra las reelecciones: este cronista entiende que hoy en día es (dentro de todo) afortunado que haya alcaldes y gobernadores con experiencia previa, del PRO o del Frente de Todos o de partidos provinciales.

En medio del tsunami, cualquier prospectiva se hace endeble. Con esa salvedad uno piensa que pintan promisorias (acaso únicas) las relaciones entre mandatarios de distintos niveles, territorios y pertenencias partidarias.

El Estado nacional cuenta con reparticiones de larga tradición administrativa, fortalecidas en la etapa kirchnerista: la AFIP, la Anses en particular. Recaudar y distribuir, objetivos nítidos de las gestiones de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Otras reparticiones padecen debilidad congénita. Durante el mandato del ex presidente Mauricio Macri se socavó la estructura pública, en parte por designio ideológico, en parte por incompetencia. Pero algo subsiste, hay herramientas a mano. También personal capacitado en muchas reparticiones. Proponer un saldo supera las competencias de este escriba. Sí se puede resaltar que las arcas del Estado están vacías y la deuda contraída por el macrismo pesa como una piedra en el cuello.

La estructura de compras, puesta al rojo vivo en estos días, es endémicamente viscosa. Por lo pronto, hay concentración de la oferta, como en casi toda la estructura económica. Demoras de magnitud impredecible en los pagos, que influyen en los cálculos de los proveedores. Arroyo acertaba en campaña cuando proponía descentralizar las compras hacia provincias y municipios. La emergencia lo forzó a seguir con la praxis preimperante. Como ya se dijo, metiendo la pata. El traspié que lastima la legitimidad oficial le sirve de acicate para avanzar en el objetivo iniciático. Más descentralización, más cercanía de quienes realizan las compras, menos concentración en las decisiones. Ya se está implementando.

Las redes sociales activas obran como aliadas del Estado. Forjadas en sucesivas crisis y malarias, saben cómo moverse, despliegan presencia multiforme por doquier. Ayudan. Los movimientos sociales a la cabeza por número, poder propio y saberes. También entidades de menor envergadura, como clubes de barrio, cooperativas.

En los sindicatos hay experticia en prestar servicios. No idealizamos ni uniformamos: conocemos lacras, distintos grados de presencia, representatividad o corrupción. Pero en la urgencia aportan infraestructura, representatividades acotadas mas no nulas.

El compromiso y la buena formación básica de los profesionales de la salud recibe reconocimiento en horas penosas. La labor de los trabajadores de la educación que en estas horas enseñan como pueden y cooperan en la asistencia alimentaria no es una novedad. Se multiplicaron en todas las crisis…

El desarrollo de la comunidad científica nacional supera al de países hermanos o vecinos y a muchos de los emergentes. Pueden ser un bastión, mal que les pese a dirigentes sabihondos como Domingo Cavallo o Mauricio Macri. Por suerte están ahí, atando con alambre, haciendo ciencia aplicada, aportando.

El comportamiento masivo de la gente común viene siendo notable. Hay conciencia, acicateada tal vez por el miedo, que no es zonzo. Varios funcionarios que caminan todos los días captan que la información sobre la pandemia en Italia y España impacta en la conciencia ciudadana. Son países cercanos en el imaginario, en las sagas familiares, hasta en los consumos futboleros. China queda lejos, se conoce poco o nada. La cultura se diferencia demasiado. Los grandes países que llenaron de inmigrantes este suelo valen como referencia, como alerta.

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Protección social, la base está: Pocas actividades podrán reiniciarse desde mañana; bancos, talleres, gomerías. En provincias, en ciudades pequeñas o medianas emergerían otras. Las necesidades colectivas son incomparablemente más vastas. No solo atañen a los más vulnerables sino a personas o empresas que paraban la olla, laburando mucho y viviendo pasablemente… al día. Las primeras políticas de ingresos del Gobierno focalizaron en los más humildes. Tendrán que expandirse a sectores medios más pronto que tarde. Una suerte de universalización de la emergencia, imaginan en el Ministerio de Economía para el cual la negociación de la deuda pasó a ser un ítem relevante de la agenda pero para nada el prioritario.

La inversión social se potencia cotidianamente, trepa a valores inimaginables en el verano pasado. El piso de protección social preexistente suministra una buena base para los programas de ingresos o aumento de haberes. El kirchnerismo reforzó notablemente la lunga tradición argentina.

Muchos de los que se conduelen por “los abuelos” (expresión pésima) o adultos mayores despotricaron cuando se ampliaron las jubilaciones pocos años atrás, cubriendo a trabajadores sin aportes suficientes, amas de casa, trabajadoras de casas particulares. Cuasi universalización que posibilita efectivizar aumentos de emergencia en cuestión de horas. Ningún sistema se prefigura para funcionar en una pandemia pero una buena estructura facilita respuestas al tsunami económico. La Asignación Universal por Hijo (AUH) lubrica la ayuda adicional del Ingreso Familiar Extraordinario (IFE). Se concreta velozmente. Luminarias políticas u opineitors de derecha la condenaban por incentivar el juego, la droga, los embarazos de mujeres de pueblo ávidas de hacerse unos manguitos.

La estructura del mundo del trabajo entorpece las políticas expeditivas. Un porcentaje enorme de trabajadores informales o desocupados. Ningún censo los releva debidamente, por definición se ignora mucho acerca de ellos. El IFE apunta a pagarles 10 mil pesos por una sola vez. La inscripción valdrá como una suerte de empadronamiento voluntario, un big data sobre los no registrados, invisibilizados por la desigualdad. El Gobierno anunció que podía prorrogarse si era necesario. Lo será, todo lo indica y fuerza, aunque el anuncio oficial todavía no se concreta.

El Gobierno se empeña en evitar los despidos. La prohibición por sesenta días funge como advertencia. Más importantes aún son los créditos para empresas a baja tasa para cubrir salarios. Los bancos remolonearon para otorgarlos. Alberto Fernández prometió que en estos días se pondrán las pilas. Habrá que ver para creer.

La recesión exorbitante ahonda la legada por el macrismo.

Atenuarla será durísimo. Hay que evitar que sucumban empresas, fábricas, ramas de actividad. Nuestro país cuenta con una estructura industrial insuficiente pero para nada desdeñable. Algunas ramas, como la alimentaria, funcionan ahora mismo. Otras, como la textil, pueden adecuarse para aprovisionar en la emergencia sanitaria y luego insinuar la reactivación.

El porvenir, acá y en el planeta, se insinúa tenebroso para el turismo, el transporte internacional, los espectáculos masivos, la hotelería, los servicios gastronómicos. Por las nuevas reglas del cuidado de salud y, quizás, porque tomará un tiempo indeterminado que las personas tengan ganas de ir a un restaurant aunque haya menos concurrencia y se respete la distancia social. Esas ramas de servicios, ponderan funcionarios avezados de modo extraoficial, explican el 7 por ciento del trabajo formal. Los porcentajes saben ser aproximativos. En cualquier caso es una magnitud impresionante.

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Manta corta, contraindicaciones: Lo que protege la salud, la vida misma, desguarnece la economía. Utópico imaginar una solución armónica. La ayuda social y alimentaria crecerá. Habrá pulmotores para empresas, el Estado copagador de salarios.

La manta quedará corta.

No terminan ahí las contraindicaciones de la cuarentena. Perversiones preexistentes se ahondan: violencia de género, prepotencia y agresiones policiales.

La regla del confinamiento es severa, impacta en la psiquis. El Presidente habló de nuevas e imprescindibles excepciones para discapacitados o personas con trastornos del espectro autista. Los medios se interesaron por los runners, muchos periodistas lo son. Tal vez las autoridades educativas y de salud deberían pensar cuánto tiempo pueden pasar chicas, chicos y adolescentes sin salir a la calle, sin potrear unas cuadras, sin visitar una plaza. Acatando todas las salvaguardas pero ejerciendo el derecho a ver el sol o airearse. Los hábitat de una cantidad pasmosa de argentinos no lo permiten.

Repetimos para cerrar. Las demandas sectoriales son válidas, respetables. Pero, como decía el economista y politólogo Pero Grullo, los intereses sectoriales son sectoriales.

El Gobierno escoge el mejor rumbo, con tropiezos y limitaciones. Creciente o inacabable la cantidad de variables que analizan las autoridades electas, el Presidente en especial. En gestión, siempre es tiempo de todo por más prioridades que existan. El manejo de la cuarentena, cuyo desenlace es incierto, parece ser el mejor posible.

“La política” tiene como timonel al Presidente, que atiende a gobernantes, sectores productivos, corporaciones. No está solo, aunque cuenta con instrumentos defectuosos. Y decide minuto a minuto, ante circunstancias inéditas e impredecibles. Lleva el rumbo. La sociedad civil, en rotunda mayoría y de momento, da la talla. Así están las cosas durante el minuto en que se cierra esta nota.

Pagina12

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