La sequía dejó al descubierto los recuerdos de una anciana en Nogolí

A sus 101 años, María Morales volvió a contemplar los muros de su antigua casa, que descansa bajo el lecho del dique. Sus nietos publicaron las fotos del reencuentro con su propia historia.

A veces las historias sencillas son las que generan más intriga. Un ejemplo claro es “la casa de piedra” del dique de Nogolí, que se convirtió en los últimos meses en un atractivo local que inspiró a más de un fotógrafo aficionado a retratar los muros que emergen en medio del agua, que se encuentra muy por debajo de la cota normal a raíz de la sequía.

 

Mates de por medio, cientos de visitantes seguramente se preguntaron quiénes habrán sido sus moradores. La respuesta se encuentra a pocos metros, en la cola del dique, en una casa prefabricada rodeada de cabras, patos y gansos, con los que su antigua dueña comparte los días junto al río.

 

María Leonor Morales tiene 101 años y es historia viva. Nació en La Carolina en 1919, pero fue anotada en el registro civil del pueblo once años más tarde. Creció junto a sus diez hermanos y su mamá, su papá los abandonó cuando ella era muy chica, por eso lleva el apellido materno.

 

Trabajó desde que tiene memoria criando animales y, como otras mujeres, surcó la mina de oro de esa localidad. A los 20 años se enamoró y se casó con quien fue el gran amor de su vida. Tuvo cinco hijos y cuando dos de ellos ya sabían caminar, su marido le anunció que construirían su casa en Nogolí, la casa del dique.

 

Entre los muros de más de cincuenta centímetros de ancho forjaron su futuro y su propia historia que aún persiste en sus hijos y nietos. Precisamente esos recuerdos condujeron a Belén y a Nazareno Lucero, dos de sus nietos, a llevar a pasear a María por las márgenes del lago y reencontrase con su antiguo hogar.

 

“Hacía muchos años que no veíamos la casa, y fue un momento de nostalgia y también de risas. Cuántos recuerdos se le habrán pasado por la cabeza a mi viejita linda… Me crié con ella en esa casa, hasta los 15 años. Y luego, cuando nos comunicaron sobre la construcción del dique, nos mudamos junto a ella con mi papá, que aún la cuida”, contó Belén.

 

Tras pasar la tarde juntos, Nazareno retrató a María, y dos semanas más tarde, publicó las fotos en su cuenta de Facebook, que rápidamente comenzaron a compartirse por la red.

 

Seguramente María tiene muchas anécdotas guardadas en su memoria, que recorren el dormitorio de diez metros de largo, o se disparan por el gran comedor donde también amasaba las tortas que luego cocía al rescoldo, o tal vez por el patio donde aún se conserva la boca del pozo del que extraía el agua cada mañana, todas atesoradas en su círculo íntimo.

 

“Ella es una luz, es un ser hermoso por donde la mires. Sana, no tiene problemas de la edad y sigue contagiándonos con su fuerza y amor cada día”, añadió su nieta.

 

Con un siglo en sus hombros y la calma en su marcha, María disfruta de las cosas sencillas, como tomar mates con leche de cabra mientras contempla el paisaje a la orilla del río, y sonríe para sí mirando la casa de piedra.

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